Una canción lenta para Alenna es la excusa perfecta, entonces ladea la cabeza con sensualidad, entrecierra los ojos, se acaricia audazmente las caderas y ensaya un baile que da ganas de comérsela.
Los demás la miramos. Somos una ronda de caras anaranjadas por las velas, una corona de ojos brillosos en los que su figura se humedece bajo párpados que enjuagan la ansiedad.
La vemos girar sobre sus pies descalzos y reparamos en los arcos de sus pies, en el preanuncio de sombras que la trepan y delatan las pantorrillas, los muslos de arcilla mojada, todos sus pliegues donde anidan tajos de luz macilenta.
A mi lado hay una mujer con una mano dentro de la camisa, tocándose las tetas. Gime. Del otro lado del arco de las piernas de Alenna, la ronda acaba en un muchacho que apenas disimula una bermuda en carpa sobre una erección curva e inquieta.
—Sing your soul, baby —canta una pelirroja que muestra cada tanto la punta de la lengua.
Hay un hombre canoso de hombros grandes y brazos fuertes junto a ella. Tiene barba y pelo largo con dos trenzas. Su torso va desnudo y dos muchachas le recorren el vientre con las manos abiertas. Ellas también gimen cuando sus miradas chocan con las nalgas de Alenna, quien sonríe con indiferencia.
La ronda se ha convertido en una serpiente de lujuria que se enrosca bajo las luces móviles de las velas, mostrando cada vez una cara nueva, un puñado de escamas inciertas que destellan.
Con los cuerpos acomodados sobre pieles y almohadones, empezamos a balancearnos al compás de la danza que nos congrega.
Estiro una mano y alcanzo el muslo de alguien a mi izquierda. Tengo los ojos pegados en el ombligo de Alenna y continúo recorriendo esa masa turgente que es la cara interna de una pierna morena.
—Show us what dreams are made of —agrega la pelirroja.
Tiene una voz cavernosa, profunda, deshonesta. Le prestamos atención como al rugido lejano de un predador que nos excita tener cada vez más y más cerca.
—Show us what’s the meaning of worst —corea el dueño del muslo que palpo con la mano izquierda.
Me vuelvo para ver su cara encendida, su piel cetrina enmarcando una sonrisa blanca y jugosa que en silencio festeja lo que Alenna hace con las manos, ahora que se le han perdido en el nacimiento de las piernas.
Las cabezas de las jóvenes que manoseaban al canoso de trenzas ahora le buscan una dureza que anida debajo del ombligo y que pronto asomará entre los labios que la apresan.
Reparo en todos los rostros en los que los párpados se aprietan como arrugas chinescas. Somos el botín de un placer doloroso y desbordado. Todos nuestros rostros son muecas.
El gozo es la conjunción del placer que se escapa y el dolor que nos da todo el que nos queda.
Alenna se toca y se aprieta, la mujer a mi lado me toma la mano y se la lleva.
—Let me burn into your arms, sexy boy.
Vuelvo la cabeza. Ahora es mi brazo el que se hunde en el tajo de la camisa a mi derecha. Es mi mano la que atrapa un seno caliente, suave, pesado y de pezón filoso y alerta. Aprieto, sobo, sopeso y dejo caer, me ensaño con la curva y su resistencia. Pellizco y me hierve el pecho en una respiración ronca que me sabe a tormentas ciegas. Los ojos de la desconocida a mi lado me miran, parpadean, se abren, se cierran. Veo su boca que viene, su aliento quemando que se acerca.
Mientras Alenna se estremece con los ojos en blanco, las cabezas jóvenes muerden la carne del hombretón de barba, que todavía no entiende que su fin está cerca.
La mujer a mi lado busca mi cuello. Uno de sus dientes afilados me roza el lóbulo de la oreja justo cuando el moreno en mi otro flanco se dispone a masticarme la muñeca.
Cierro los ojos. Pienso en una playa inmensa y en el suelo que me quema. Pienso que todo es sol, una luz blanca que sobrepasa el mar, las nubes, las rocas negras.
Es una playa interminable. Estoy sentado en la arena, con los brazos alrededor de las piernas y el mentón en las rodillas.
Tal vez a lo lejos pase un barco. Pienso que podría haber barcos.
Cuando Alenna empieza a rugir pienso que podría haber barcos en mi sueño de entrega.
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