Ducharse con insectos

Junio 2, 2008

Esta mañana me estaba bañando y en un momento miré para arriba. En el techo, justo sobre mi cabeza, había una araña rarísima. No era de esas arañitas de mierda de la humedad. Esta tenía como unos músculos en las patas, una robustez y un porte intimidante. Instintivamente, me cubrí el pito con una mano mientras me subía al borde de la bañera para estudiarla. La humedad del agua trepaba envolviéndola, por lo que el negro de sus extremidades desaparecía por momentos, para asomar otra vez sobre la pintura blanca del techo. Tenía toda la pinta de ser una araña más venenosa que la mierda.

No era la primera vez que me bañaba con un bicho.

Un verano compartí la ducha con una boa, y creo que fue el regaderazo más corto que me haya pegado en la vida. El dueño de la casa coleccionaba serpientes, así que las había de todos los colores y tamaños. La mayor parte de ellas no salía nunca de las peceras donde vivían, pero la boa tenía vía libre para circular por la casa y yo me la encontré justo cuando me había puesto en bolas y me disponía a soltar el agua de la ducha.

Tiempo después, el dueño del ofidio me habló para contarme que le había regalado la boa a su ex novia y que la chica lo llamó unas semanas más tarde, preocupada porque la serpiente ya no comía.

—La boluda me llama y me dice que la bicha ya no se enrosca para dormir —me contó entre risas.

—No entiendo cuál es el chiste.

—Es que dice que la boa se recuesta a su lado en la cama y se queda tendida sin moverse, toda estirada.

—Sigo sin entender.

—La está midiendo, chabón —me explicó—. La boa se acuesta a su lado y se estira porque la está midiendo para comérsela.

Con el correr del tiempo caigo en cuenta que cada vez estoy más lejos de la flora y de la fauna. Cuando escucho historias como ésa, o me pasa lo que me pasó esta mañana en la ducha, me siento un hombre mampara, un boludo de durlock, un ser plástico que nada tiene que ver con la naturaleza.

Otro amigo viajó una vez a la India. Me contó que había quedado de juntarse con una amiga en no sé qué pueblo, al que sólo podía llegar en un destartalado tren similar a una lata de sardinas:

—Había muchísima gente. Algunos incluso viajaban recostados en los portaequipajes, horizontales y apretados ahí arriba. Jamás había visto tanta humanidad hacinada. Por eso me llamó la atención cuando, a medida que avanzaba por el vagón, las personas se hacían a un lado para dejarme pasar. Para cuando llegué al final, tres tipos se levantaron y me dejaron libre el asiento. Yo estaba cansado, ¿viste? Así que reflexioné: “estos tipos deben creer que debajo de esta gorra Nike hay un dios pagano”. No me preocupé mucho y decidí aprovechar la oportunidad, así que me desparramé entre los asientos, mientras un centenar de ojos me miraban y me miraban.

—¿Por qué te dieron el asiento? ¿Por qué te hacían lugar?

—Recién lo entendí cuando bajé en la estación donde me esperaba mi amiga. Apenas ella me vio, empezó a gritar y a mover los brazos. Yo me quedé parado con el bolso en la mano mientras ella decía algo sobre el escorpión negro.

—¿Cuál escorpión negro?

—El que tenía en la visera de la gorra, loco. Por eso me habían dado el lugar; es el animal más venenoso que hay en ese lugar y yo lo tenía de adorno sobre el sombrero, sin darme cuenta. Me podría haber matado. Decí que no me toqué la cabeza en todo el viaje, que si no…

Odio los insectos. Mientras miro a la araña sobre mi cabeza estudio las posibilidades. Decido salir de la ducha, buscar un zapato que hay en el suelo y volver a la carga. Cuando me doy vuelta para cerrar la llave del agua, encuentro en los azulejos, a la altura de mi cara, otra araña más. Ésta es todavía más negra, más robusta, más amenazadora. Además, se mueve con unos espasmos aguerridos y entrecortados. Estoy seguro de que me va a saltar encima en cualquier momento.

Odio que me salten encima los bichos. En la casa que alquilábamos el año pasado había hormigas por todos lados. Un vecino me contó que se alimentaban de los cables de luz, por eso cada tanto había unos cortocircuitos de la gran puta en el barrio. Una madrugada me despertaron los movimientos espasmódicos de mi mujer. A los movimientos le siguieron los gritos, y cuando encendí la luz descubrí que estábamos cubiertos de hormigas negras que mordían con mucha fuerza. Unos seres duros y culones nos caminaban por encima de la cabeza, los brazos, las piernas. Se descolgaban en racimos del portalámparas del techo, donde seguramente habían construido el hormiguero y caían sobre nosotros. Estuvimos como diez minutos, uno a cada lado de la cama, dándonos cachetazos por el cuerpo, escupiendo hormigas y puteando en todos los idiomas.

Esta mañana yo estaba en jaque: tenía una araña sobre la cabeza y otra frente a mis ojos. Eran muy grandes y me daban miedo. Pensaba todavía que podía matarlas, cuando bajé la vista y descubrí que por el resumidero salían dos más. Un puñado de patas asomaba del agua y peleaban por ganar otra vez la superficie. Asqueado, salí sin cerrar la ducha, retrocediendo a tropezones hasta que tomé la toalla (la sacudí muy fuerte) y me cubrí como pude el cuerpo.

Salí del baño todavía mojado, para encontrarme con mi mujer en la puerta.

—¿Terminaste con el baño? —me preguntó.

Pensé unos segundos y le respondí:

—Todo tuyo. Te dejé la ducha abierta, para que no se enfríe el agua.

—Gracias —me dijo, y me dio un beso.

Todavía no ha salido. Me dio tiempo de secarme, preparar un café y venir a escribir todo esto.

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