Carta a futuro

mayo 30, 2008

Cuando ya tengas edad de escupirle correos al tonto que te robará los “te extraño”, todo esto que te escribo sonará todavía más cursi que hoy, que es invierno y es un año perdido en el pasado.

Es 2008, niña. Para que te ubiques, había unos quilombos bárbaros entre el gobierno y el campo, en casa todos teníamos tos por un invierno que llegó con retraso, a tu hermana se le soltó la lengua y ya no quisimos detener esta verborrea de vocablos atropellados.

Tal vez ya seas grande para cuando puedas entender esto. Me gusta imaginar que dirás “mi viejo estaba al pedo y escribía un blog mientras buscaba trabajo”. Me gusta pensar también que dirás eso en inviernos futuros que te sorprenderán ensayando fumatas con el vapor de tu aliento cálido.

Acá en el pasado todavía estamos estrenando siglo y casa. Gracias a tu madre, una lectora compulsiva de Avisos Clasificados, conseguimos una que nos gusta y es cómoda. Sale más barata que el resto porque el frente no está terminado. Está buena, pasamos desapercibidos en una cuadra llena de parejas jóvenes con casas inconclusas e historias repetidas en los mismos patios.

Formar una familia, creo, es no dejar de pelear nunca por lo mismo que no sabemos que estamos buscando. Te sugiero que tomes nota de esto: cuanto más fácil parezca algo, más ruido hará cuando se rompa y no puedas arreglarlo. Las cosas que se disfrutan cuestan una barbaridad. Hacerle entender a tu madre que si me olvido de algo es porque soy artista, es un claro ejemplo. Ahora ella compró un pizarrón en el que me deja anotados los mensajes: citas con el médico (un señor que tiene un aparato antiguo con el que te espiamos por un televisor en blanco y negro), fechas importantes, cosas que tengo que traer del súper cuando voy a buscar Coca-Light.

Todo es tan viejo y obsoleto en este 2008 que ha pasado. ¡Pizarrones con notas! ¡Qué antigüedad!

Tu tío trajo un narguile, pero no puedo usarlo. Nuestra convivencia depende en gran parte de cuánto humo deje yo fuera de la casa, y está bien que así sea, ustedes son muy chiquitas todavía como para andarlas fumando. Esta norma humística se aplica con igual rigor para el hogar donde quemamos leña que viene de El Chaco. Tenemos una puntería fenomenal para alquilar casas con sistemas de calefacción de antaño; antes fue una salamandra diabólica, ahora es un hogar nostálgico. Delante de las llamas oscilantes escribo y leo y como maní salado. O tomo Fernet con Coca y pienso en tu futuro, uno que no he programado.

Niki, tu hermana, empezó la guardería. Tu mamá está haciéndole creer que se llama “colegio”, y la condiciona para que asocie las actividades lúdicas con el deber, cosa que me parece muy bien. A mí me tomó ocho años terminar el puto maldito secundario, así que estoy de acuerdo con trabajar para que a ustedes les cueste un poco menos desde temprano.

Tu mamá es psicóloga y encima es inteligente. Yo, porque la quiero y por las dudas, le hago caso.

Papá es feliz. Anotálo. Acaba de publicar su tercer libro y ahora mismo está escribiendo el programa de una materia que tiene que empezar a dar en julio. Aunque no tenemos el techo lleno de manteca, sabemos que vos dormís arrebujada en el brillo de un televisor que transmite un programa de religiosos brasileros que exorcizan al diablo y entonces todo está bien.

Un padre no puede pedir nada más que eso para ser feliz: que en el tele haya tres tipos de camisa y corbata sosteniendo a una gorda que aúlla una mezcla de arameo y dialecto de Villa Lugano.

Saca el demonio deische cuehpo —dice uno de ellos, micrófono en mano.

SAAATAAAÁN ME TIENE EN SU PODER —responde la mujer con el rostro desencajado.

Y vos y tu mamá y tu hermana están quietitas ahí, roncando.

Hoy papá fue al centro después de ver un documental sobre los 39 años del cordobazo. Caminó las calles en sepia evocando la pasión de quienes hicieron algo para que a todos se nos acomodara el pasado. Supongo que es propio del hombre, esto de construir. Y espero que allá en tu futuro la gente no caiga muerta en las paradas de colectivo como en este 2008 del carajo. Dos por tres ponés la pata en la vereda y el señor que estaba por subir se va al suelo, fulminado. Ambulancias, gritos, correrías. Nos hemos insensibilizado tanto que ya todos pasamos de largo.

A veces papá camina estas calles cuando ya no queda luz. Siempre va apurado. Lo primero que cambia en la vida de un padre es que no vuelve jamás a caminar despacio. Hay que hacer todo rápido: chuparse un café en la editorial, visitar la librería de Martín Balbo, saludar a los abuelos, comprar praliné y regalarlo.

Cuando sos padre, los colectivos te dejan olvidado en las paradas, donde te abrazás sin esperanzas a los caños mientras el precio del cospel se va al carajo. A mí nunca me gustaron mucho los niños, ¿sabés? Ustedes gritan demasiado, hacen berrinches, rayan los cds y escriben sobre los libros que compramos.

La paternidad confunde, pequeña. Como padre, corrés el riesgo de enamorarte locamente de tu ciudad, porque acá están cerquita las veredas que galopaste con una pelota bajo el brazo, y es muy tentador esto de querer repetir los experimentos que resultaron.

La paternidad te hace escribirle cartas a los hijos nonatos, te hace anticipar la ecografía del cuarto o quinto mes, en la que te confirmarán que será una niña y al fin podrás anotarla con el nombre por el que venís peleando.

Dejo constancia, bebé: decidir cómo ibas a llamarte fue una de las cosas más difíciles de este 2008 alocado. Pero es parte del juego que jugamos, donde hay mucho calendario deshojado con cariño.

Te veo en octubre. Ya tendremos tiempo de hablar bien sobre todo esto. Ahora es tan temprano…

Advertisement
Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.