Es un sonido delicado pero insistente. En sueños lo ha convertido en el canto de un ave silvestre de color azul, pero despierta cuando por fin entiende que se trata de una alarma.
Lleva poco tiempo en la nave y es la primera vez que un sonido así puebla los compartimientos. Avanza presuroso y dando tumbos hasta el puente de mando, donde el monitor dispara la leyenda:
“Proximidad. Intercepción de radares. Peligro de ataque”.
Profiere un insulto entre dientes y consulta la lista de procedimientos. Hay todo un apartado para casos como éste, sólo debe limitarse a seguir los pasos. Activa una secuencia en el tablero de combate, oprime un botón para soltar el señuelo e incrementa la potencia de los motores a tres bragdas, una velocidad que sólo puede mantener por un período corto de tiempo. Sabe que lo importante ahora es alejarse y dejar que los radares de los perseguidores se confundan y ataquen el lastre con la sonda.
Para cuando las naves que lo siguen descubran el engaño, él ya estará lejos.
Se deja caer en el sillón de mando. Es el único ser viviente en toda la nave. Los motores de propulsión hiperespacial zumban, pero gracias a la regulación automática ambiental, para él todo sigue transcurriendo en un tiempo presente sin alteraciones. Consulta, sólo para matar el aburrimiento, las estadísticas. A esta velocidad, llegaría al planeta pronto, pero la nave podría averiarse o desintegrarse en el espacio. Introduce una secuencia en el computador maestro para que los motores vuelvan a velocidad crucero en cuanto se hayan perdido los perseguidores.
Solicita al robot enfermero que le suministre una dosis media de suero. La escotilla de enfermería se abre e ingresa el androide con una pistola de inoculación en la mano. Cuando la aguja enhebra la vena, un río caliente de euforia lo embarga, renovándole el valor y la determinación. Vuelve a consultar las estadísticas. La carga que lleva en la bodega principal alcanza para partir un planeta al medio. Repasa el plan para llevar a buen puerto la misión: hacer una escala en la cara oscura del satélite natural, reprogramar el computador para que no interfiera cuando introduzca las coordenadas suicidas. La nave toda en sus manos es un proyectil, sólo necesita saber eso.
Consulta las fotografías espaciales del planeta. Las condiciones son similares a las del suyo; el aire es respirable, el agua puede potabilizarse, los minerales bastan y sobran para extraer materia prima y otros elementos.
Pero su objetivo no es la conquista sino la aniquilación masiva. El planeta es una amenaza, y en su tierra natal se convertirá en un héroe si consigue destruirlo antes que las naves de La Reintegración le den alcance.
Revisa su álbum holográfico. La mujer lo mira desde una imagen estática. Junto a ella hay un niño que juega con cubos. Piensa en su familia, en los interrogatorios brutales de la Policía Reintegrada. Piensa en la gente que perdió la vida ayudándolo a llegar hasta los hangares. Cobatt, su amigo muerto. Recordar sus últimas palabras le abre una herida interior que sangra con dolor:
“Sigue adelante, Bur. Eres la única esperanza. Destrúyelo”.
El plan de La Reintegración es hacer contacto con el nuevo planeta. Planes diplomáticos de gobernantes viciosos. Evoca con nostalgia su hogar contaminado y arruinado, sumido en un aire irrespirable. Sabe que La Reintegración es mucho más que un movimiento político y social: es un acto desesperado por encontrar un nuevo espacio en el cual sembrar la misma semilla podrida.
“Tu misión será anticiparte a las naves de La Reintegración y destruir el planeta”.
“¿Cómo haré eso?”.
“Cobatt te ayudará a secuestrar un crucero, con él viajarás hasta el objetivo. Deberás impactar contra el planeta, es la única manera”.
Revisa las primeras páginas de su diario:
“Me llamo Bur, hijo de Amann. Este es mi último viaje. Debo destruir la única esperanza de los gobernantes unidos de mi planeta, porque sólo así tomarán conciencia e intentarán reparar lo que han destruido en Nuestra Casa”.
Piensa en su casa, en sus espacios. Piensa en su hijo, al que ya no verá. Tal vez ahora el pequeño y su madre estén muertos. Los miembros de La Resistencia corren una suerte horrible. Pensar en el sacrificio de los suyos no lo desalienta. Sabe que todo lo que se pierda hoy servirá para abonar la esperanza de un mañana.
Vuelve a su litera de hibernación. En poco tiempo los motores regresarán a la velocidad normal. Cuando despierte estará todo listo para descender en el satélite.
Bur, hijo de Amann, el último hombre de La Resistencia, cierra los ojos y se entrega al efecto del suero. Apenas se duerme, las imágenes se agolpan en su cabeza: sueña con una gran explosión que lo desintegra. Sueña que es un héroe. Sueña que hay esperanza para su raza.
