No era justo, nadie merecía un final así. Venía corriendo por un bosque lleno de árboles inmensos, saltando los troncos caídos y esquivando las ramas bajas que parecían querer detenerlo. Corría con la velocidad imposible que imprimen el miedo y la certeza de que estaban cerca.
Saltó por encima de una pequeña laguna y tropezó del otro lado con una piedra cubierta de musgos, se incorporó y continuó huyendo.
La luna estaba hinchada de blanco y el follaje refulgía con un extraño brillo lechoso. En algún momento pudo escuchar el canto de los búhos. Atrás iban quedando los rastros; cualquier perseguidor sabría leer sus huellas en las verdosas pisadas junto a los charcos, sabría oler su miedo adherido en el tronco de los árboles y sabría escuchar su respiración agitada en el viento y en el aire que cortaba a su paso.
Tal vez no todo estuviera perdido, los hombres de atrás debían ser buenos, ya lo habían demostrado descubriéndolo donde pensó que nadie lo buscaría, pero no habían podido darle muerte en el mismo lugar y gracias a la suerte salvó el pellejo.
Debía seguir. Era eso o la muerte, sin más remedio. A pesar de la piel sudada, de la presión del aire faltante, no podían atraparlo.
Continuó en línea recta hasta el segundo claro del bosque, donde viró bruscamente hacia la derecha en dirección a la ruta que corría junto al arroyo; si conseguía cruzar sus aguas turbias las probabilidades de sobrevivir se incrementarían. Tenía la ventaja de conocer muy bien el terreno, después de todo, se había criado en ese lugar. Aunque quizá el miedo promovía esos cambios que hacían que la luz brotara así entre la niebla, trepando por los árboles, convirtiendo al bosque en un lugar distinto, desconocido.
Esta noche, con los planes cambiados, los ojos sólo le devolvían postales marchitas de su tierra acogedora y tranquila.
Saltó por encima de un inmenso osario vacío de carne y la visión lo espantó, obligándolo a apretar el paso y a mirar a los costados para anticiparse. Tropezó con la raíz de un árbol en mitad del sendero. Pocas oportunidades le quedaban ahora que sus piernas casi no respondían y que el esfuerzo fatal fluía lento en la rigidez de sus músculos.
Siguió a la rastra con ese cansancio imposible, serpenteando y dando tumbos, tropezando sobre ese suelo hermoso conquistado alguna vez, con la abnegada convicción de salvar su vida, a pesar del dolor punzante de cada latido.
Cuando divisó, iluminada por la luna entre los árboles, la inexpresiva presencia de la ruta, la esperanza se renovó en su pecho. Pero estaba exhausto y había perdido demasiado tiempo.
A medio camino entre una banquina y la otra escuchó las voces y vio salir desde el follaje las luces de las potentes linternas. Estaba a unos metros del arroyo cuando sonó la primera descarga y un calor de fuego le quemó la espalda.
No cayó.
Atrás, las voces sonaban excitadas y superpuestas, se alentaban entre ellos tomándose la libertad de elegir quién efectuaría el segundo disparo. Notó sobre el cuerpo un manto negruzco de sangre que manaba de la herida. Supo así que no alcanzaría la orilla opuesta, e igual se precipitó para intentarlo.
La cobardía de vencerlo en inferioridad de condiciones resonaba en ecos oscuros desde las bocas de los perros. Unos metros antes de llegar al agua sus piernas se enredaron, como si su cuerpo se hubiese dado por vencido; trató de incorporarse con un espasmo, pero casi no le quedaba sangre y estaba agotado.
Escuchó los gritos bestiales ya como venidos de otro mundo y las luces lo apuntaron. No había escapatoria.
Los temblores le punzaban las coyunturas y la suerte se resumía a que no lo dejaran agonizando.
Cualquier cosa sería mejor que el cansancio aquél, que el terror aquél.
Entonces aparecieron los hombres y se quedaron mirándolo.
Hubo unos segundos de contemplación y respeto. Había dado buena batalla en el monte desierto.
Se incorporó y se mantuvo de cara frente a ellos.
A su espaldas estaba el arroyo, sobre su cabeza estaban los árboles y más arriba la luna, imposibles de alcanzar. Las luces de las linternas lo cegaban, la respiración se le escapaba por la boca formando volutas de vapor que desaparecían sobre su pecho. Antes de morir despedazado por las descargas, miró hacia el cielo buscando los búhos que se habían equivocado marcándole el camino. No los encontró.
Murió finalmente con los enormes ojos negros muy abiertos, con la lengua afuera de la boca, como mueren los ciervos..
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Del libro Peguelé hasta dejarlo morado.
