Frecuencias sexuales

Abril 16, 2008

—Pero más vale que importa.

—¿A qué te referís? ¿A la cantidad de polvos por semana?

—Claro, boludo. No es lo mismo el que la pone una vez a la semana que el que la pone diez veces por semana.

—El que te dice que la pone diez veces por semana te está mintiendo. O contabiliza las pajas.

—Hay gente que la pone diez veces por semanas. Y hay algunos que hasta la ponen veinte veces por semana.

—No le creo a nadie que venga a refregarme algún record sexual. El tipo que dice que la tiene larga, o que se echa diez al hilo, o que no se le baja en toda la noche sin tomarse un Viagra, miente. Veinte polvos por semana, dejáte de joder.

—Hay casos, che. Mirá la mujer de Barabale, que él dice es multiorgásmica.

—¿La mujer de Barabale, coge con Barabale?

—Parece.

—Pero ¿vos le viste la cara a Barabale?

—La verdad es que tiene una cara de pelotudo que voltea.

—Mirá vos si la mujer de Barabale va a ser multiorgásmica, esa para ir a los bifes debe tener más vueltas que un autódromo. Otra mentira, qué mierda va a ser multiorgásmica.

—Existen minas multiorgásmicas, ojo, che.

—¿Cuántas conocés?

—Bueno, todo el mundo dice.

Todo el mundo dice boludeces, es lo que te estoy explicando.

—Igual, la frecuencia es muy importante. ¿No te parece?

—Te lo contesto con un chiste: yo la pongo casi todos los días; casi el lunes, casi el martes, casi…

—No sé, yo me guío por lo que me pasa a mí. Nosotros en casa tenemos períodos, ahora con la gorda le estamos dando duro y parejo, pero no sé si llegamos a los cinco polvos por semana, por ahí menos. Son rachas. Justo ahora es una de las buenas, después por ahí nos enfriamos y le damos una o dos veces cada diez días, como para no perder la afinidad.

—Nosotros con la flaca estamos en dos… pero al año.

—Qué, ¿andan mal?

—No. Eso es lo que te explico, coger como un conejo tampoco es sinónimo de andar bien. Yo, por ejemplo, soy un tipo que no tiene dramas en asumir que la pone, cuando mucho, una vez cada dos semanas.

—¿Cada dos semanas?

—Sí, cada dos semanas.

—Muy bien que digamos no andan.

—¿Qué carajo tiene que ver?

—Y…

—El sexo está sobrevaluado, macho. A esto es a lo que voy.

—Nosotros con la gorda mantenemos la pasión viva gracias a la imaginación.

—¿Pero ustedes culean o escriben una novela?

—Si no usás la imaginación, estás en el horno, te lo aseguro.

—¿Y qué hacen?

—Y, de todo.

—Dame ejemplos, así no entiendo.

—Y, ponele, una semana vemos porno, otras incorporamos juguetes, otra vamos al club…

—¿El Club?

—Sí, el club de intercambio de pareja.

—Pará, pará, pará. ¿Vos y la gorda son swingers?

—No, qué mierda vamos a ser swingers, con lo celosa que es la gorda. Si me llega a ver agarrándole la mano a otra mina, de una patada me saca la cabeza.

—¿Y a qué mierda van si no son swingers?

—Pasan buena música.

—¿Pero nunca?

—Estamos en tratativas, pero es una fantasía, como la del traje de astronauta y de la mucamita…

—¿Traje de astronauta? No me digás que vos te vestís de astronauta para echarte un polvo.

—Una vez lo hicimos. La gorda tiene fantasías medio raras. No sabés el laburo que me dio conseguir el disfraz.

—Me imagino.

—No. Ni te imaginás. A la gorda a veces se le da por hacerlo en público. Una vez nos echamos uno en el baño del aeropuerto.

—Nooo, boludo, ¿no sabés que te filman?

—¡Qué te van a filmar!

—Sí, te filman, más vale que te filman. Igual que en los muebles, que te ponen las camaritas atrás de los espejos, como en los interrogatorios yankis.

—No me la creo. Igual tampoco me importa.

—Así que los lugares raros, le gustan a la gorda.

—Sí. En tu cumpleaños, por ejemplo, le dimos en la terraza.

—¿Cogieron en mi cumpleaños? ¿En mi casa?

—Sí. Estuvo muy bueno.

—¿Nunca los descubrieron?

—Una vez. Mis suegros. Pero bueno, ya estábamos casados, así que.

—Ajá.

—Me dejaste pensando con lo de la flaca.

—¿Qué?

—¿No tendrá ella un…?

—No, boludo, nada que ver. La conozco, a la flaca. Pasa que con el laburo, las cosas de la casa, los chicos. Llegamos a la cama y nos desmayamos. Con el tiempo, el erotismo se va perdiendo y se convierte en una cosa que ocurre sólo adentro del televisor, o entre las tapas de un libro o una revista, pero nunca más en tu casa.

—No sé si en todos los casos es así.

—Cada pareja es un mundo, loco. Yo sé porqué te lo digo.

—¿Por Barabale?

—Ja. Sí, por ejemplo. Mirá que he visto cosas feas, pero como la mujer de Barabale, nada.

—Tiene buenas tetas, eso sí.

—¡Sí! ¡Qué tetas la mujer de Barabale!

—Tre-men-das. No sabía que se había puesto.

—Más vale que se puso.

—Qué grande, Barabale.

—Es un grande, sí.