Limpiar la iglesia

Diciembre 20, 2007

Tomás, el seminarista, sabía la verdad. Calló para salvar su vida.
Nada hizo cuando los soldados llegaron esa noche y tiraron abajo la puerta de la iglesia.
Unos segundos antes, el padre Santiago le había ordenado que se guareciera.
Tampoco abandonó su escondite cuando voltearon los bancos a patadas y llenaron de agujeros la pared del relicario con las ráfagas de sus ametralladoras; permaneció agachado dentro del confesionario, mirando todo a través del entramado de las maderas, sin animarse a salir.
El más viejo del grupo, un capitán de gran estatura y espaldas anchas, se acercó hasta el altar y hundió el puño en el vientre del párroco. El padre Santiago era un buen hombre, había hecho mucho por La Causa, le había enseñado tanto a Tomás… Nadie olvidaría nunca aquellos ojos celestes que se comían las angustias y los miedos de todos en la congregación para devolver siempre los malos presentimientos convertidos en sonrisas francas y alentadoras.
Ahora esa bondad yacía en el suelo, quejándose de dolor, ultrajada por la fiereza de los militares.
Desde donde estaba, Tomás escuchó al capitán:
—Hable o muere, Santiago.
Los militares no dan muchas opciones, pero el padre Santiago, claro está, no se inmutó ante la disyuntiva.
Uno de los soldados se separó entonces del grupo, avanzó con una pistola en la mano, y le voló la cabeza. Los escalones del altar se tiñeron de color oscuro, un abanico de ideas muertas, regadas de manera irregular: los pensamientos del padre Santiago desperdigados, salpicados y derramados, perdidos para siempre.
En la iglesia volvía a reinar la muerte.
Los hombres se ubicaron en distintos lugares para descansar, dejaron caer las armas, las mochilas, los equipos. Algunos fumaban.
Tomás, que sabía la verdad, redobló los esfuerzos para guardar silencio y que no lo descubrieran. El miedo le recorría la piel como una fiebre que fundía las ropas con el cuerpo, impregnándolo de una humedad sofocante y pestilente: la única persona que podía hacer algo para que todo terminara, yacía muerta en el suelo, con un tercer ojo humeante en medio de la cabeza.
La suerte de todos estaba echada.
—Quiero dos hombres en la entrada, y uno más en el campanario —ordenó el capitán.
Habían pasado pocos segundos desde que el soldado de pelo largo subiera las escaleras rumbo a la torre, cuando se escuchó el grito. Las armas saltaron a las manos y todos los cañones apuntaron a la puerta que conducía a la escalera.
Nadie dispararía hasta que diera la orden el capitán.
Tomás no le quitaba la vista de encima, lo embriagaba la determinación del matador, la imbatible resistencia del jefe, el respeto que imponía.
—¿Teniente Saint Blaise? —oyó que llamaba el vozarrón mientras apuntaba una pistola hacia la oscuridad.
Un rugido cavernoso descendió por los peldaños como única respuesta. La nave de la iglesia reverberó con un eco macabro. Eran combatientes de muchas guerras, pero el temor los embargó igual cuando el sonido de los pasos se amplificó en dirección a ellos, regresando por la escalera.
Tomás supo que era hora de salir y se aprestó a abandonar su escondite.
El capitán mantenía una mano en alto para evitar que los soldados dispararan, una convención de cuartel que servía para restarle importancia al temor, para reducir las emociones, simplificándolas en una mecánica obediencia.
De esa forma mantenían a raya los hombres como ellos al horror y a la pavura.
Y entonces una pierna emergió de la oscuridad.
Los ceños se fruncieron y el desconcierto se coló en el alma de todos, resquebrajando la solidez del grupo, haciéndolos titubear. Aunque todavía muy alertas, se encontraban confundidos y perturbados. El propio capitán, atribulado, empezó a repetir, fuera de sí, la misma frase con insistencia:
—No es posible, no es posible.
El cuerpo destrozado del teniente Saint Blaise abandonó por fin la oscuridad para regresar junto a sus compañeros. La visión era espantosa; los ojos rojos de sangre, la cara destrozada por un zarpazo animal, el torso mutilado y la boca abierta en una mueca inhumana.
De nada sirvió el improvisado fusilamiento, porque las balas parecían no detener a la criatura.
Tomás aprovechó la locura del momento para salir del confesionario y ganar la puerta principal que había quedado abierta.
Antes de partir se volvió para mirar.
El cuerpo muerto del padre Santiago se había puesto de pie; quien fuera su mentor era ahora una criatura hincando los dientes en el cuello del capitán. En medio de las correrías, dos monjas cadavéricas se descolgaron de las alturas de la capilla para caer sobre los demás.
El seminarista se perdió en la oscuridad, huyendo de la orgía de alaridos y disparos.
Quienes lo vieron pasar corriendo delante de la luna esa noche, aseguran que parecía no tener pies, como si flotara, con la sotana flameando en línea recta detrás, aullando como una criatura enloquecida.

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