La compensación

Diciembre 20, 2007

El pedo hizo relucir con más intensidad la perfección de la soledad que lo envolvía.
Se hallaba sentado en la punta de la cama, indiferente al brillo del televisor que lo bañaba de malas noticias.
Disfrutaba de la falta de compañía.
—Me salió como un celular que vibra sobre una mesa —le dijo a la habitación vacía.
Habían pasado algunos minutos de la medianoche, la ventana abierta coqueteaba con las cortinas. Cerró los ojos y se dejó envolver por el fresco reconfortante de la brisa.
Había sido una tarde calurosa.
Agregó:
—Qué boludo, no cerré la puerta del garaje —y se le borró la sonrisa.
Todavía no lo sabía, pero en el piso de abajo, por la puerta que había quedado abierta, y en el mismo momento en el que él verbalizaba su omisión, hacia el interior de la vivienda se colaba un mocasín de grueso tacón y gran hebilla.
Al mocasín le siguió una pierna varicosa y un bastón. La anciana, una vez adentro, hizo señas a su amiga.
Las dos mujeres, envueltas en una fragancia dulzona, recorrieron el lugar con la mirada, hasta que estuvieron seguras de encontrarse donde querían.
Se palmearon entonces efusivamente las hombreras y cerraron tras de sí la puerta, señalando el living, lugar al que se dirigirían: ahí donde el hombre, segundos más tarde, se encontró con la inesperada visita.
Había bajado presuroso las escaleras, pero antes de poner los pies en la alfombra, se paralizó. Las dos mujeres -de unos ochenta años- lo observaban con miradas retorcidas; una de pelo blanco y vaporoso, la otra con la cabeza coronada de bucles resecos y marrones, visiblemente enemistadas con el rubro peluquerías.
Estupefacto y alerta, intentando disimular la sorpresa, avanzó con paso firme hacia las visitas.
—¿Quién mierda son ustedes? —alcanzó a preguntar antes de que el bastón le volara dos dientes de adelante, que fueron a parar sobre una mesa.
Cayó junto al sofá, regando el pelaje blancuzco y mullido de la alfombra con gotas espesas de baba enrojecida.
—Pendejo hijo de puta —dijo una de las viejas—: sabemos que tenés la guita guardada acá… ¡Hablá o sos boleta!
Intentó arrastrarse para llegar al teléfono, pero un cachetazo de revés con todo y anillo con piedra le impidió el paso, sacudiéndole la cara, marcándole de por vida la mejilla.
Volvió a caer.
—¡Hablá, negro de mierda, hablá o de acá no salís vivo! —instó la compañera.
Retrocediendo sobre su propio culo para ganar otra vez la escalera, no pudo esquivar los cuerpos pesados que se abalanzaron en cámara lenta.
El bastón nacarado y el anillo de fantasía volvieron a chocar contra su carne una y otra vez, en un castigo constante e interminable de furia, saña, golpes de brazos que insistían, e insistían:
—Hablá, negrito hijo de puta, dónde tenés la guita —decían.
Consiguió ovillarse, girar sobre sí, proteger la cabeza. El castigo era insoportable, y a los golpes se sumaron poderosas mordidas de enérgicas dentaduras postizas.
Antes de desvanecerse, consiguió levantar una mano para señalar un aparador donde descansaba un costurero de madera.
—Buscálo, Antonela —propuso una mientras bufaba y se ponía derecha.
Antes de desmayarse, vio la alegría de la recompensa: habían recuperado lo que les pertenecía.
Quiso excusarse, pero la pierna fajada con las vendas ganó envión silenciando toda respuesta.
El gélido filo de la hebilla le reventó la nariz; las manos artríticas sobre el botín recuperado sonaba resecas.
Dos culos cuadrados y sin gracia emprendían la retirada contoneándose dentro de las polleras.
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