Combustión humana espontánea

Diciembre 19, 2007

Mi amistad con el Picho Launna terminó el 24 de diciembre de 2000, a las once y cuarto de la noche, mientras apurábamos la segunda botella de champán.
Un poquito antes del brindis y de la cuenta regresiva, metí la pata hasta la cabeza con un error garrafal: confesé algo que no debía.
En la lista de cosas que cambiaría si pudiera volver el tiempo atrás, el primer renglón está ocupado por esa noche, en la que me gané una trompada que me dejó el ojo como un culo, en la que una amistad se consumió hasta las cenizas.
En los libros esto no figura, pero es tan cierto como que el agua moja, que el secreto de una amistad duradera es hacer algunos sacrificios, entre los que se cuentan —demandando a veces una fuerza sobrenatural— cerrar bien la jeta.
Todo lo que siguió después puede resumirse a un teléfono del que brotan monótonos tu-tu-tus y ninguna respuesta, porque cuando algo así pasa, de nada sirven las disculpas, las cartas, las notas; cuando un amigo decide que se va, se va.

Con el Picho compartíamos, además, la pasión por coleccionar todo lo que tuviera que ver con la casualidad. Nos encantaba investigar sobre el azar, sobre las cosas únicas y rebuscadas: veíamos programas, alquilábamos videos, nos prestábamos libros, asistíamos a conferencias. A los dos nos fascinaban los ribetes benefactores o agoreros del azar. Los ganadores de la quiniela, los niños que sobreviven a caídas desde balcones, los testimonios de los sobrevivientes a accidentes aéreos, la Combustión Humana Espontánea. Y en este punto, lo de la gente que se prende fuego sola de bien que está (el Picho lo llamaba «la apoteosis del mal ocote»), coincidíamos sin retrucar: era el colmo de lo improbable, la excepción inexplicable a la regla.
No sabíamos que nos tocaría vivir algo similar, que seríamos víctimas de lo que comunmente se llama «una puta casualidad».
Ese mismo hobbie que nos convirtió en detectives de la eventualidad, acabó por distanciarnos, porque cuando una de esas casualidades te toca en gracia, ¿cómo se supone que las sobrellevás? Lo supo el Picho, lo supe yo. Por mucho que lo intentáramos, no seríamos los mismos después de Salsipuedes, después de hablar con la verdad.
El mensaje era claro, como una señal, hay cosas de las que es mejor no volver a hablar.

Por ese entonces yo salía con una pendeja. Carola, se llamaba. Simpática, divertida, agradable. Vivía en Salsipuedes, que me quedaba en la relomada de la mierda, pero yo acababa de salir de un noviazgo asfixiante de más de seis años, y cargaba unos cinco meses de soltería y celibato, así que manejar un rato los fines de semana para ver cuándo se me daba la posibilidad era una apuesta sensata. Además, había tensión, un condimento especial, porque Carola no entregaba, y yo andaba caliente todo el día, como aturdido.
Los chicos me llamaban y yo los postergaba, les metía excusas estúpidas, los eludía. El mismo Picho me citó un día en un café para aclarar los tantos.
—Yo sé que estás embobado con una pendeja —me dijo—, pero no descuidés a los amigos; los amigos son lo único que te queda al final.
Y le dije que no se hiciera drama, que para sacudirme toda esa costra de relación muerta que me envolvía, necesitaba aires nuevos, alejarme un poco también de ellos, buscarle la vuelta a otra cosa, distraerme. Le aclaré también que yo sabía que con Carola estábamos divirtiéndonos, que era cuestión de aprovechar el momento que nos tocaba y que pronto las cosas volverían a la normalidad.
—¿Es buena mina? ¿Cogieron? —me preguntó antes de irse.
Le contesté que era buena chica, que ya se la presentaría, pero que todavía no había pasado nada.
—Cojan —sugirió mientras tiraba dos billetes en la mesa—. Coger acelera los procesos, para bien o para mal. No te olvides que cogiendo, la gente se entiende.

La ocasión me llegó, inesperadamente, un miércoles. Carola me llamó para decirme que tenía ganas de verme, así que arranqué con el auto y me fui hasta Salsipuedes. Una vez alguien dijo que el juego amoroso previo del hombre empieza cuando el tipo va a la cochera a buscar el auto, y tiene razón. Soy la prueba viviente, porque desde que metí la llave en el arranque y hasta que llegué a su casa, no podía pensar en otra cosa que en la matemática imperfecta de los polvos, en la serie de acontecimientos y detalles que hacen que dos personas terminen revolcándose en una cama, intercambiando fluidos, monosílabos, suspiros y esas cosas. Sigo pensando que no hay milagro más grande que esa casualidad.
A mí Carola me gustaba, pero había algo en su historia personal (de la cual ella prefería no hablar demasiado) que le impedía entregarse por completo a una relación nueva, sin importar qué tipo de relación fuera.
—Salgo de un noviazgo complicado —decía ella—. Tenéme paciencia.
Había tenido quilombos con su ex, un tipo que llevaba una doble vida, y el sufrimiento te quita razones para probar suerte en nuevas empresas.
Tal vez yo fuera el menos indicado para sacarla de ese trance, porque sólo quería ponerla, pero los dos estábamos en la misma. El celibato y el desencanto nos había convertido en fieras liberales que esperaban el momento indicado. ¿Qué otra cosa podíamos tener en mente?

Apenas vi cómo iba vestida esa noche, supe que había llegado el momento. Me lo confirmaron los besos enloquecidos, los jadeos, los tocamientos: esa era la noche, no podía haber vuelta atrás.
Yo, en un pueblo desconocido y caliente como un tapir alzado, no paraba de dar vueltas en el auto, tirándome encima de ella en cada bocacalle, apretándole las piernas cada vez que doblábamos por una esquina, hasta que por fin dijo:
—Vamos a un hotel.
En el camino, como sellando un pacto, hablamos de lo importante que es esperar el momento adecuado, de que acomodar la cabeza de cada cual es fundamental antes de… Pero a mí toda esa perorata me sonaba como un constante bla-bla-bla, porque lo único que tenía en mente era llegar al hotel, tirar de la palanca del freno de mano, y saltar sobre la cama como si fuera un canguro.
—Es un lugar un poco alejado, así evitamos el riesgo de cruzarnos con gente conocida.

Cuando por fin ingresamos al sendero de «Entrada» del hotel, embobados como veníamos, casi nos damos contra un auto que salía. Yo estaba caliente, ya lo dije, y estaba aturdido y sacado, fuera de mí, así que tardé en reconocer el auto del Picho Launna, mi amigo de toda la vida. En un primer momento me causó gracia la coincidencia, le dije a Carola:
—No lo puedo creer; ¡ese es el auto del Picho, mi amigo!
—Pero lo maneja una mujer —observó ella.
Y, efectivamente, al volante iba la novia del Picho, pero en lugar del Picho, en el asiento del acompañante había un flaco que yo no conocía.
—¡Mi ex! —exclamó ella, poniéndole nombre y apellido a la confusión—. ¡El que va con ella es Martín!
El auto pasó delante de nosotros, pero sus ocupantes venían riéndose, así que ni nos vieron. Inmediatamente ganaron la ruta y se alejaron. Carola se puso mal, muy mal, porque no planeaba darse con una situación así en ese momento, y yo… Bueno, yo estaba pasmado, con palpitaciones, una mezcla de calentura apagándose en un desconcierto creciente. Acababa de ver a la novia de mi mejor amigo saliendo de un mueble con el ex novio de la chica con la que yo pensaba sacarme de encima cinco meses de celibato inquietante, lo que menos podía era estar confundido.

Huelga decir que esa noche con Carola no pasó nada. Ninguno de los dos estaba en condiciones y, para peor de males, ella se empeñó en que la casualidad era una pésima señal del destino, así que todo se convirtió en un polvo imposible de remar y desistimos.
Las semanas siguientes me las pasé pensando en el asunto, sin hablarlo con nadie, rumiando la posibilidad de hablar con el Picho y contarle lo que había visto.
Eso, creía yo, hacían los amigos.
Al poco tiempo de mi fallido intento en Salsipuedes, el Picho se separó de su novia, y, junto a otros amigos que estábamos solteros decidimos juntarnos a brindar en navidad, ocasión que me pareció propicia para encararlo, para contarle la verdad.
Todavía desconozco por qué no me callé la boca.
—¿Qué viste? —me preguntó un par de veces con insistencia, tomándome de la remera.
—A la Fabi en el auto saliendo de un mueble con el ex de Carola —repetía yo.
—¿Qué más? Contáme ¿qué más?
Y yo repetía que nada, que eso había sido lo único. No me esperaba el sopapo, así que me caí de culo, literalmente. Y antes de que el resto de los chicos se acercara para ver qué nos pasaba, por qué discutíamos, el Picho me dijo:
—Yo iba agachado en el asiento de atrás esa noche, pelotudo. Nadie se tenía que enterar.
Después tiró a la mierda el vaso y se fue, a los pocos minutos los cohetes empezaron a explotar.
A nadie le he contado esta historia desde aquella navidad. A los chicos les dije que había diferencias que no podíamos arreglar, y que por eso el Picho se había enculado, pero que la culpa era mía y sólo mía.
¿Qué más podía hacer? Ver cómo una persona se convierte en cenizas y sale de tu vida no es agradable, pero peor es torcer el destino de las cosas, oponerse al designio de las putas casualidades, esas que te marcan la cara y te anotan en el alma que, una vez que abriste la boca, no hay nada mejor que volverla a cerrar.

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