¿Cuánto pesa —en promedio— un culo Reef?
El culo solo, digo, sin la modelo.
Me lo pregunto porque el señor que atendía el negocio se fue y me pidió que le sostenga uno.
—Por favor, no lo deje caer —me encomendó.
Así que me quedé acá, junto a un exhibidor del que cuelgan trajes de baño, con el brazo estirado y este coso en la mano.
Es, lejos, el mejor culo que he tenido en la mano. Probablemente sea el mejor culo de toda Latinoamérica, si no contamos el de Maximiliano Guerra, que, con una mano en el corazón, tiene un culazo.
—¿Se va a demorar mucho? —le pregunto al vendedor cuando pasa.
El culo me pesa. Serán menuditas las chicas Reef, pero te la regalo quedar de garpe con uno de estos en la mano.
—Un momentito —me dice antes de perderse detrás de un mostrador.
Empiezo a ponerme fastidioso. La idea era probarme un short y unas ojotas, no quedarme clavado acá sosteniendo un par de cachetes bronceados y turgentes.
Un niño ingresa al local de la mano de su madre. Es una mujer hermosa y lleva un parche en el ojo derecho. A mí la onda pirata me re cabe.
La mujer pasa junto a mí, observa mi pose solemne de estatua griega y sonríe. Después mete las manos entre las bikinis y hace un ruidito hermoso cuando agita las perchas que chocan entre sí.
El niño, su hijo, me mira. Se ha parado entre ella y yo, no me quita los ojos de encima. ¿Estará estudiándome? Tal vez lo asombre que mi brazo, en lugar de terminar en mano, termina en culo.
Le sonrío. El niño no me devuelve la misma mueca.
—Tenés un culo Reef en la mano —observa.
—¿Por esto me lo decís? —me hago el distraído.
La madre se vuelve a mirarme y me dedica una segunda sonrisa, mucho más cálida que la anterior.
De pronto necesito impresionarla, presumirle, vanagloriarme con semejante culo.
La mujer posa la mano con suavidad en el hombro del pequeño y le pide que no me moleste, que estoy trabajando. Yo sonrío y guiño un ojo con gesto ganador.
—¿Trabajando? —ironiza el pequeño—. ¿Portando culos? —agrega en tono burlesco.
—Hay trabajos y trabajos —le explica, paciente, la madre, y se acerca para saludarme—. Lamento los comentarios de Tatín, es un chico hiperkinético.
—¿Está diagnosticado? —pregunto.
—Diagnosticado y medicado. Si lo viera cuando le agarra el bajón de las pastillas, no hay forma de refrenarlo.
—Simpático el Tatín —miento.
Ella sonríe más ampliamente y me estrecha la mano libre.
—Me llamo Shullianina.
—Yo soy Peralta Ramos —me presento.
—Lindo culo —dice, y toma con tres dedos una de las nalgas para aplicar una presión ligera y sugerente.
—Sí. Creo que es el mejor culo de Latinoamérica.
—¿Mejor que el de Julio Boca? —retruca ella.
Yo asiento con una sonrisa. Miro hacia los costados buscando al vendedor para sacarme el culo de encima, pero el negocio está repleto de gente y no consigo ubicarlo.
Vuelvo a mirar a Shullianina.
—Lindo nombre el suyo, ¿es italiano?
—No, islámico del norte —dice ella.
Es una mujer hermosa. Su aliento huele a chocolate amargo, a vainillas, a cortinas húmedas.
—El parche —observo—, me parece un detalle impresionante, más allá de que responda a la necesidad de cubrir el cuenco de un órgano faltante.
—Con lo del culo usted no se ha quedado atrás —dice ella entre risas.
¡Qué mujer! El erotismo de sus hombros huesudos que se contonean, la asimetría romboide de sus caderas.
¿Cuánto llevo ya en esta porfía de celibato?
Los huevos… Los huevos me pesan más que el culo en la mano.
—Me gustaría invitarla a tomar un café —arriesgo.
—Mmmm —duda ella— ¿y qué se supone que hacemos con el niño?
La criatura se encuentra en este momento abriendo uno a uno los probadores. La gente lo putea y le arroja zapatos, monedas, llaves, de todo para ahuyentarlo. Tatín es, además de hiperkinético, perverso, como todos los niños.
—Podríamos sedarlo —sugiero.
Tatín le ha robado el bastón a una anciana que ha caído estrepitosamente de bruces.
Su madre me guiña el único ojo con el que puede guiñar algo. Descarto que haya sido tan solo un parpadeo rutinario, hay plena voluntad en el brindis de sus pestañas.
—Es una idea excelente —contesta.
Entonces guardamos silencio por un rato. El culo realmente me pesa mucho, pero no quiero demostrarlo.
—Esta es mi tarjeta, al dorso está mi teléfono —dice, por fin, ella.
Es una tarjeta roja: “EJECUTIVA DE CUENTAS SENIOR” escrito en blanco.
Muy excitante, sí sénior.
—Ahora tengo que irme a la pedicura —dice.
—Adiós —la despido.
Se va y yo dejo el culo sobre una silla. Aprovecho que el vendedor no me está viendo, ya que se encuentra demasiado ocupado intentando detener al hijo terrible de Shullianina, que se ha encargado de desenchufar todas las computadoras de las cajas.
No hay forma de facturar lo que los clientes tienen en la mano, y el vendedor sabe que se avecina un problema de proporciones bíblicas: la Sodoma y la Gomorra de las tarjetas sin comprobante.
Y la mujer del parche se ha ido y ha dejado en el local a su hijo.
Lo tomo como una muy buena señal y salgo a la calle sonriendo, sin el culo, tranquilo y renovado.
