Una canción lenta para Alenna es la excusa perfecta, entonces ladea la cabeza con sensualidad, entrecierra los ojos, se acaricia audazmente las caderas y ensaya un baile que da ganas de comérsela.
Los demás la miramos. Somos una ronda de caras anaranjadas por las velas, una corona de ojos brillosos en los que su figura se humedece bajo párpados que enjuagan la ansiedad.
La vemos girar sobre sus pies descalzos y reparamos en los arcos de sus pies, en el preanuncio de sombras que la trepan y delatan las pantorrillas, los muslos de arcilla mojada, todos sus pliegues donde anidan tajos de luz macilenta.
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